En una aldea remota, de la isla más recóndita que te puedas imaginar, vive una dragona en la más absoluta soledad. Ella no recuerda cuanto tiempo hace que la han abandonado a su suerte. Han pasado tantísimos años que apenas consigue dibujar en su memoria el rostro de sus progenitores, o tan siquiera de ser alguno. Una sombra difusa en la niebla, unos cuernos esbeltos y largos que se internan en la oscuridad, una canción melodiosa que siente vibrando en las entrañas, ese es todo el recuerdo que anida en su interior. Los días pasan despacio y rápido, dependiendo de la estación del año. La dragona vive en una cueva oscura y profunda. No es una cueva sucia y maloliente, no. Es una gruta acogedora, con las paredes llenas de dibujos de días pasados que ella desconoce, tiene un mobiliario tosco, resistente, pero de líneas limpias y pulidas. La vivienda dispone de una despensa bien aireada, donde conserva reservas para varios meses, por si las heladas y la nieve deciden impedir la caza. Es...
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